jueves, 22 de marzo de 2007

Casino Royale (o cómo James Bond se hace hombre)

Estoy recuperando películas atrasadas, ya que últimamente no voy al cine todo lo que me gustaría. Esta última película de James Bond sí que me hubiera gustado verla en una sala grande, en lugar de en casa, pero no pudo ser. Antes de nada debo aclarar que nunca he sido una gran seguidora del agente 007, y mucho menos de las últimas entregas con Pierce Brosnan a la cabeza, pero el señor Daniel Craig me ha sorprendido gratamente, con el permiso de Sir Sean Connery, claro. Este actor, que puede despertar instintos salvajes sólo con ver el trailer, me recuerda en muchos aspectos (sobre todo en su facha, ¿otro parecido razonable?) a mi gran mito del cine: Steve McQueen. Ambos tienen ese punto de macarra más bien feúcho que te atrae irremediablemente.

A lo que iba. Por fin James es todo un hombre, testosterona pura y dura, un mortal que sangra, al que le quedan moratones de los golpes, que se enamora y que se ríe cuando le tocan las pelotas. Craig le ha dado un nuevo aire (fresco) a esta saga legendaria. A parte de esa nueva visión del agente secreto, podría resaltar también la primera persecución, un poco fantasmada pero claro homenaje al
parkour. La primera bebida que se toma no es un martini, sino un cubata, y más tarde le toca las narices que sea removido o agitado.

Ante todo me ha parecido una película entretenida, a pesar de la masculinidad y simbolismo que segrega. Cualquiera podría pensar que Bond la tiene pequeña, con tanto cochazo deportivo, pistolas kilométricas, músculos hipercultivados de gimnasio, órdagos millonarios y porrazos a mansalva, pero hay que darle un voto de confianza a este género hecho por y para hombres. Ésta, en mi opinión, sí merece la pena. Con ella podemos intuir cómo James se convirtió en el perfecto agente secreto y encantador caballero inglés.

De todas formas el único James Bond que me ha conquistado siempre tendrá acento albaceteño y patillas:



Si no lo pongo reviento.


Por cierto, ya sé quién diablos es George Lazenby. Gracias por culturizarme una vez más.